El verano pasado llegamos por primera vez a Santa Pola con nuestros libros y talleres, invitados por sus bibliotecas. Por eso nos hizo especial ilusión, durante este curso, volver a recibir un correo preguntándonos si este verano regresaríamos con nuevas actividades.
¿Volver? ¡Claro!
Así que preparamos de nuevo las maletas —y unas cuantas cajas más de las que cualquiera consideraría razonables para irse unos días a la playa— y pusimos rumbo a Santa Pola (Alicante).


Este año las bibliotecas habían elegido como hilo conductor a Pinocho, coincidiendo con los doscientos años del nacimiento de Carlo Collodi, el escritor que convirtió un trozo de madera en uno de los personajes más universales de la literatura infantil.
Y empezamos a pensar.
¿Qué libro de nuestro catálogo podía dialogar con Pinocho sin necesidad de contar otra vez la historia de Pinocho?
La respuesta fue Cuentos desde el balcón, de María Quintana Silva, con ilustraciones de Laufer.


Porque la relación que nos interesaba no estaba solamente en los títeres. Estaba, sobre todo, en los cuentos y en la imaginación.
Collodi consiguió que millones de lectores vieran un niño, una personalidad y un mundo entero de aventuras donde inicialmente solo había un pedazo de madera. Esa es una de las extraordinarias capacidades de la ficción: transformar aquello que tenemos delante y permitirnos ver lo que todavía no existe.
Y de eso habla también, de otra manera, Cuentos desde el balcón.
De cómo un cuento puede sacarnos de donde estamos sin movernos del sitio. De cómo podemos viajar leyendo. De cómo una historia puede vencer al aburrimiento, acompañarnos y terminar pasando de unas manos a otras hasta crear una pequeña comunidad de lectores.
El paso siguiente parecía evidente: si Pinocho nació como un muñeco y terminó convertido en protagonista de un cuento, nosotros crearíamos nuestros propios títeres y, con ellos, nuevos personajes para nuevas historias.
¿Una actividad familiar a las siete de la tarde después de un intenso día de playa?
Podría parecer complicado.
Pues no.
Hasta la bandera.

La Biblioteca Internacional Gran Alacant había preparado las mesas en el exterior y allí nos encontramos con un grupo maravilloso y muy heterogéneo: niños y niñas de Santa Pola, muchas familias que pasan allí sus vacaciones, abuelos y abuelas, madres, padres y también participantes de otros países.
Y esto último se notó enseguida.

Las bibliotecas de lugares turísticos adquieren durante el verano una dimensión muy particular. Durante unas semanas se convierten también en lugar de encuentro para familias que llegan desde muchos lugares diferentes y que quizá no compartan colegio, ciudad ni siquiera idioma, pero pueden encontrarse alrededor de algo tan sencillo como un libro.
«¿A qué creéis que nos dedicamos?»
Comenzamos, como hacemos casi siempre, presentándonos.
—¡Venimos desde Asturias!
Y después llega una de nuestras preguntas favoritas:
—Nuestro trabajo tiene mucho que ver con los libros. ¿A qué creéis que nos dedicamos?
Empiezan las respuestas.
Escritores.
Ilustradores.
Bibliotecarios.
Libreros…
Pero hay una palabra que prácticamente nunca aparece.
Editores.
Y no solo sucede con los niños. Muchas veces tampoco los adultos tienen demasiado claro qué hace exactamente una editorial.
Así que aprovechamos para contarlo.
Quién decide publicar un libro, cómo llegan un texto y unas ilustraciones a encontrarse, quién piensa su formato, su papel, su diseño, cómo se imprime, cómo llega después a una librería o a una biblioteca…

Acercar un libro a los niños también consiste en enseñarles que detrás de ese objeto que tienen entre las manos hay escritores e ilustradores, sí, pero también muchas otras personas tomando decisiones para conseguir que finalmente llegue hasta ellos. Y para nosotros la labor editorial no termina cuando el libro sale de imprenta: también está en acompañarlo, llevarlo a bibliotecas, colegios y otros espacios, encontrarnos con sus lectores y crear actividades que permitan seguir leyendo, imaginando y trabajando a partir de él. Estar cerca de los niños y niñas forma parte también de nuestra manera de entender la edición.
¿Conocéis a Pinocho?
Después hablamos un poquito de Pinocho.
Y aquí llegó nuestra primera sorpresa.
Había niños que no conocían su historia.
Perfecto: para eso están también las bibliotecas. Ahora ya sabían que allí podían buscarla.
Otros sí la conocían perfectamente. Y algunos niños de otros países empezaron a explicarnos las diferencias entre las versiones y adaptaciones de Pinocho que conocían en sus países y la que conocían los demás.
De repente, Pinocho también servía para hablar de cómo los cuentos viajan, cambian de idioma, se adaptan y forman parte de culturas diferentes.
Y hablando de cuentos…
Era el momento de enseñarles Cuentos desde el balcón.


Leímos un poco.
Solo un poco.
Porque quienes habéis venido alguna vez a uno de nuestros talleres ya sabéis que nunca contamos el libro entero.
Nos gusta detener la lectura precisamente cuando más queremos saber qué va a ocurrir.
Y entonces cerramos el libro.
—¿Y ahora qué creéis que puede pasar?
Las respuestas empiezan a aparecer.
Una posibilidad. Otra completamente distinta. Otra todavía más disparatada.
No buscamos acertar.
Nos interesa exactamente lo contrario: descubrir que, mientras el libro permanece cerrado, cada lector puede imaginar su propia continuación.

Por unos minutos ya no hay una única historia. Hay tantas como personas alrededor del libro.
Leer también es formular hipótesis, imaginar posibilidades y construir sentido.
Y con todas aquellas teorías todavía flotando en el aire, pasamos al taller.
Esto no es una manualidad
En esta ocasión íbamos a construir un títere.
Pinocho nace como un muñeco de madera y nosotros acabábamos de dejar una historia sin terminar, así que todo empezaba a encajar.
Pero había una condición importante: no íbamos a fabricar veinte títeres iguales.
Cada participante tendría que crear un personaje propio.
Siempre explicamos que nuestras actividades no están planteadas como manualidades. No presentamos un modelo terminado para que los niños intenten reproducirlo lo mejor posible. Tampoco buscamos que al final haya veinte resultados «bonitos» que se parezcan entre sí.
Trabajamos desde la expresión plástica.
Eso significa observar, elegir, probar, cortar, unir, equivocarse, cambiar de idea, descubrir una solución inesperada y tomar decisiones.
El títere de esta actividad era, en realidad, casi una pequeña escultura móvil.
Y para trabajar como artistas necesitábamos algo fundamental.
El almacén de materiales
—Venid todos conmigo.
Nos acercamos a nuestra gran mesa de materiales.


Habíamos venido en coche desde Asturias.
Ahora imaginad nuestro maletero.
Papeles, cartones, lanas, cintas, limpiapipas, materiales brillantes, piezas pequeñas, elementos encontrados, formas, texturas…
Un pequeño almacén portátil para investigar.
Les enseñamos por encima algunas posibilidades, pero no demasiadas. La mesa no estaba preparada para que nosotros les explicáramos qué tenían que utilizar, sino para que ellos descubrieran qué podían hacer con todo aquello.
Solo existía un condicionante técnico: nuestro títere era un pop-up cuya cabeza debía subir y bajar por el interior de un tubo. Nada de lo que añadieran podía impedir ese movimiento.
Todo lo demás estaba abierto.
Y si pudiéramos enseñaros las caras que aparecen justo en ese momento…
Ahora, nosotros nos apartamos
A partir de ahí ocurre una de las partes que más nos gustan de los talleres.
Nos retiramos.
No literalmente, claro. Seguimos allí para ayudar si una pieza se resiste, encontrar unas tijeras que han desaparecido misteriosamente debajo de veinte papeles o resolver algún problema técnico.
Pero dejamos de dirigir.
Y ellos empiezan a moverse.
Van a la mesa.
Buscan.
Vuelven a su sitio.
Prueban.
Descartan.
Regresan por otro material.
Cambian de idea.
Preguntan a quien tienen al lado.
Encuentran una solución que nosotros jamás habríamos imaginado.

En esos momentos empiezan a aparecer muchísimas cosas.
También la personalidad de cada niño o niña.
Hay quien se lanza sin pensarlo dos veces y quien observa durante mucho rato antes de tocar un material. Quien construye rápidamente y quien necesita probar cinco soluciones distintas. Quien inventa algo completamente inesperado y quien pregunta:
—¿Así está bien?
Esa pregunta nos interesa especialmente.
Porque no hay un «así está bien».
También aparece el miedo a no hacer algo bonito. O el impulso de reproducir un personaje que ya conocen de una serie, una película o un videojuego.
Y entonces intentamos hacerles ver algo: si inventan su propio personaje, aunque sea extraño, imperfecto, pequeñísimo, enorme o difícil de explicar, habrá algo que ningún personaje conocido puede ofrecerles. Será suyo. No habrá otro exactamente igual en ninguna parte. Lo habrán imaginado ellos.
¿Y cómo se llama?
Mientras trabajan vamos pasando por las mesas.
—¿Quién es?
—¿Tiene nombre?
—¿Dónde vive?
—¿Qué le gusta?
—¿Y qué cuento podría protagonizar?
Porque construir el títere era solamente la mitad de la propuesta.
La otra mitad ocurría dentro de sus cabezas.
Si Pinocho comienza siendo un trozo de madera que alguien imagina convertido en personaje, nosotros queríamos hacer el mismo recorrido: partir de unos cuantos materiales y terminar viendo aparecer una personalidad y, quizá, el comienzo de un cuento.
Y vaya si aparecieron.


Seres con pelos imposibles. Personajes elegantes. Monstruos. Animales. Criaturas que probablemente todavía no estén clasificadas por la ciencia.
Todos diferentes.
Todos con algo de quien los había construido.
Crear juntos
Hay otra cosa que hemos ido aprendiendo con los años.
Durante mucho tiempo preferíamos realizar este tipo de talleres solo con los niños y niñas. Pensábamos que era importante dejarles un espacio propio, sin la intervención constante del adulto.
Y seguimos creyendo que hay que proteger ese espacio.
Porque a veces algún padre o alguna madre se emociona más de la cuenta y, sin darse cuenta, empieza a solucionar aquello que precisamente debería resolver el niño.
—Pon esto aquí.
—Así queda mejor.
—Déjame, que te lo corto yo.
Y no.
La creación necesita también tiempo para equivocarse.
Pero los tiempos cambian y nosotros también aprendemos.
Cada vez encontramos más familias que quieren participar juntas. Madres, padres, abuelos y abuelas que no se limitan a esperar mientras el niño hace una actividad, sino que quieren compartir ese rato con él.

Y entonces vemos otras cosas.
Una madre sujetando algo mientras su hija busca cómo pegarlo.
Un padre preguntando en vez de resolver.
Un abuelo escuchando muy seriamente la explicación de un personaje imposible.
Conversaciones.
Risas.
Complicidad.
Tiempo compartido.
En una vida familiar en la que muchas veces todos vamos demasiado deprisa, encontrar noventa minutos para sentarse alrededor de una mesa, leer un libro e inventar algo juntos tampoco es poca cosa.
En estas actividades familiares vemos mucho amor.
Y eso también importa.
Los personajes ya tienen algo que contar
El tiempo pasa volando.
Siempre.
Podríamos continuar un buen rato más, pero llega el momento de recoger y, sobre todo, de presentar algunos de los personajes que acaban de nacer.






Salieron muchos más de los que conseguimos fotografiar. Con el trajín de materiales, preguntas, mesas y personajes, siempre terminamos dándonos cuenta demasiado tarde de que deberíamos haber hecho más fotos.
¿Cómo creéis que se llaman?
¿Dónde vivirán?
¿Serán buenos, malos o ninguna de las dos cosas?
¿De qué tendrá miedo ese de ahí?
¿Adónde irá el de las antenas?
¿Y cómo empezará su cuento?
Nosotros conocemos algunas respuestas.
Otras se fueron a casa con sus autores.
Y volvemos al libro
Antes de terminar regresamos al punto de partida.
Cuentos desde el balcón seguía allí.
Y seguía sin terminar.
—Nos hemos quedado sin saber qué pasaba al final… ¿Os apetecería leerlo esta noche en casa con vuestro títere al lado?
Entonces repartimos un ejemplar del libro a cada participante.
Porque para nosotros el taller no termina cuando recogemos las mesas.
El libro se marcha con ellos.
Entra en una casa.
Se enseña a alguien que no estuvo allí.
El niño cuenta qué personaje ha creado. Explica lo que hicimos. Abre el libro. Busca dónde habíamos dejado la lectura.
Y escuchamos a varios padres decir:
—Esta noche lo leemos juntos.
Ahí está.
Eso era.
El taller había terminado y, al mismo tiempo, la lectura acababa de empezar.
Hasta el año que viene
—¡El año que viene nos apuntamos otra vez!
Nos lo dijeron al terminar.
Y nosotros nos fuimos encantados.
Habíamos pasado una tarde de agosto frente al mar, en el espacio exterior de la Biblioteca Internacional Gran Alacant, rodeados de familias, libros, papeles, lanas, personajes recién inventados y muchas ganas de contar historias.
Después de recoger aquel pequeño caos creativo nos quedaba todavía disfrutar del atardecer.
Y pensamos que quizá no haya una forma mucho mejor de resumir lo que intentamos hacer cuando salimos con nuestros libros de la editorial:
poner un cuento en manos de un niño, abrir un espacio para que imagine y retirarnos un poco para ver hasta dónde es capaz de llevarlo.
Porque un libro no acaba cuando cerramos la última página.
A veces continúa en un balcón.
O en una biblioteca junto al mar.
O dentro de un extraño títere que regresa a casa dispuesto a protagonizar una historia que todavía nadie ha escrito.
Gracias a las Bibliotecas de Santa Pola por volver a invitarnos y por hacer posible que libros, familias e imaginación se encuentren también en las tardes de verano.
En Pintar-Pintar Editorial, libros y talleres forman parte del mismo trabajo. Nuestras actividades parten de la literatura y la ilustración para abrir espacios de creación en los que niñas y niños puedan mirar, imaginar, decidir, experimentar y encontrar sus propias respuestas. El objetivo no es reproducir un modelo ni fabricar un resultado perfecto: es conseguir que cada lector pueda hacer suyo el libro y que la experiencia continúe después, cuando la lectura llega a casa.
Ester Sánchez / Desde la trastienda del libro
Editora, ilustradora y fundadora de Pintar-Pintar Editorial



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