En los últimos años muchas bibliotecas infantiles han mejorado notablemente sus espacios. Encontramos mobiliario cuidado, colores agradables, estanterías bajas y rincones pensados para que niñas y niños se acerquen a los libros de manera autónoma. A primera vista, todo parece indicar que el espacio está pensado para ellos.
Sin embargo, cuando visitamos bibliotecas para realizar nuestras actividades de mediación lectora, a menudo observamos algo curioso: aunque los espacios son bonitos y acogedores, no siempre están preparados para que niñas y niños puedan vivir la biblioteca de maneras diversas.
En muchas ocasiones encontramos lugares muy adecuados para escuchar un cuentacuentos —con alfombras, bancos o graderíos donde sentarse—, pero resulta más difícil desarrollar propuestas que implican levantarse, buscar, experimentar o crear a partir de los libros.
Esto tiene una explicación sencilla. Durante décadas, la promoción de la lectura en bibliotecas se ha apoyado sobre todo en actividades como los cuentacuentos o las lecturas en voz alta. Son formatos muy valiosos, pero también fáciles de organizar: el grupo se reúne, escucha una historia y comparte un momento de atención colectiva.
Con el tiempo, muchos espacios bibliotecarios se han diseñado precisamente para ese tipo de actividad. El mobiliario suele ser fijo, las zonas están claramente delimitadas y el uso del espacio invita a permanecer sentado y quieto.
Pero la relación de niñas y niños con los libros puede ser mucho más amplia.
En nuestras actividades de mediación lectora buscamos que los libros se conviertan en punto de partida para explorar, imaginar y crear. A veces eso significa levantarse, desplazarse por el espacio, observar ilustraciones de cerca, manipular materiales o experimentar con formas, colores y palabras. Son momentos en los que la lectura se convierte en experiencia compartida.
Para que esto ocurra, los espacios culturales necesitan ser también flexibles y abiertos: lugares donde no solo se escuchen historias, sino donde sea posible investigarlas, transformarlas y dialogar con ellas.

En algunas bibliotecas del norte de Europa, especialmente en países como Dinamarca, Finlandia o los Países Bajos, los espacios infantiles se están replanteando precisamente en esta dirección. Además de zonas de lectura tranquila, incorporan áreas abiertas, mobiliario móvil o rincones pensados para experimentar, construir, crear y trabajar a partir de las historias. La biblioteca se entiende así como un lugar donde los libros no solo se leen, sino que también se exploran y se viven de formas diversas.
Las bibliotecas siguen siendo uno de los lugares más hermosos para encontrarse con los libros. Quizás el siguiente paso sea preguntarnos no solo qué libros ofrecemos, sino también cómo queremos habitarlos.
Porque leer no siempre sucede de la misma manera. A veces ocurre sentados y en silencio.
Y otras veces ocurre de pie, buscando, pensando, manchándose un poco y descubriendo juntos nuevas formas de mirar las historias.






Ester Sánchez / Desde la trastienda del libro
Editora, ilustradora y fundadora de Pintar-Pintar Editorial



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