Educar en sensibilidad no es educar en fragilidad.
Es educar en atención, en empatía, en pensamiento crítico. Es enseñar a mirar el mundo con matices, a nombrar lo que no siempre tiene nombre, a habitar las preguntas.
La sensibilidad es una forma de conocimiento. Implica escucha, tiempo y capacidad de relación. No se opone al rigor ni a la razón; los hace posibles. Sin sensibilidad no hay pensamiento complejo, solo respuestas rápidas y miradas simplificadas.
En muchos contextos educativos actuales, sin embargo, se prioriza lo inmediato, lo medible, lo útil a corto plazo. Se deja poco espacio para la duda, la palabra poética, el silencio o la emoción no domesticada. Y con ello, la formación corre el riesgo de empobrecerse, aunque se presente como eficaz.
Estos últimos días estamos visitando bibliotecas con una actividad en torno a memoria e identidad. Compartimos algunos fragmentos de Alegría, de Virginia Read e Ilemi Cuesta Mier; presentamos el libro, lo comentamos y dejamos que la lectura completa quede abierta.

Después proponemos crear una carpeta personal: un lugar donde guardar palabras, recuerdos, cosas que les gustan, fragmentos de su historia. La actividad no busca reproducir el contenido del libro, sino activar en cada niño y niña una respuesta propia a partir de él. Cuando termina el taller, son ellos quienes vuelven corriendo al libro.

A veces resulta fácil reconocer a esos niños y niñas especialmente sensibles. Da igual que la actividad sea en una ciudad céntrica o en una biblioteca de un entorno rural. También es cierto que, si un niño te recibe diciendo que te estaba esperando y trae bajo el brazo un libro de poesía para que se lo dediques, ya dice mucho. Pero, por regla general, es por su mirada por lo que les reconocemos. A veces pasa así.
Crean su carpeta con cuidado, llenándola de su mundo: su familia, lo que les gusta, lo que les importa.



Durante años, cuando trabajaba con grupos estables, me sorprendía ver cómo, poco a poco, se reunía a mi alrededor un grupo de niños y niñas que se asombraban con los materiales, hacían preguntas, pensaban. Muchos no encajaban del todo en otros espacios. Pero cuando encuentran un lugar donde pueden ser sin miedo, algo cambia. Aparece la alegría.

Educar en sensibilidad es también una forma de resistencia: formar personas capaces de leer críticamente la realidad, de no aceptar sin más lo dado, de imaginar alternativas. Personas con criterio, con conciencia y con voz propia.
Desde los libros, desde la poesía, desde Alegría, desde Vientos verdes y desde las experiencias que nacen en torno a cada lectura, seguimos defendiendo una educación que no tema la sensibilidad, sino que la cultive.
Porque una mirada sensible no debilita: despierta y prepara para el mundo.

La trastienda de los libros también son las experiencias compartidas.
Lo que ocurre antes, durante y después de la lectura.
Ester Sánchez / Desde la trastienda del libro
Editora, ilustradora y fundadora de Pintar-Pintar Editorial



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