Hay palabras que empiezan a aparecer por todas partes hasta que corren el riesgo de quedarse sin significado. Territorio es una de ellas. También diversidad. También identidad.
Se habla de crear desde el territorio, de descentralizar la cultura, de atender a las distintas realidades que conviven en un país, de proteger las lenguas, de favorecer la diversidad cultural.
Todo eso está muy bien.
Pero después uno mira cómo circulan los libros y empieza a hacerse preguntas.
Porque la bibliodiversidad no consiste simplemente en que existan muchos libros. Consiste en que existan muchas maneras de entender qué puede ser un libro, desde dónde puede hacerse, en qué lengua puede escribirse, qué imaginarios puede contener y qué caminos puede recorrer para encontrarse con sus lectores.
Y ahí quizá tengamos un problema.
El centro y la periferia
El mercado editorial padece a veces una curiosa miopía.
Cuando una editorial trabaja lejos de los grandes centros de producción cultural, y más todavía cuando publica también en una lengua como el asturiano, resulta sorprendentemente fácil colocarle una etiqueta: editorial regional, editorial local, editorial periférica.
La etiqueta parece inocente, pero no lo es. Porque delimita también el espacio en el que supuestamente deberían circular sus libros.
Y esa mirada reductora no funciona únicamente desde fuera. También dentro del propio territorio puede aparecer la idea de que editar desde Asturias significa editar sobre Asturias o hacerlo exclusivamente en asturiano.
Como si el lugar desde el que se trabaja tuviera que determinar también los temas, la lengua o el horizonte de un catálogo.
Pertenecer a un lugar no obliga a convertirlo en tema.
Una editorial que publica desde Asturias puede hablar del bosque, del miedo, de la memoria, de la poesía, de la infancia, de la democracia, de los afectos o de cualquier otra experiencia humana.
Es decir, puede hablar del mundo.
Las listas donde siempre aparecen los mismos
La falta de bibliodiversidad se hace especialmente visible cuando llegan determinadas fechas o determinados temas.
El Día de la Poesía.
El Día del Libro.
Libros para hablar de igualdad.
Libros sobre naturaleza.
Libros sobre diversidad.
Libros para el verano.
Libros imprescindibles para el aula.
Cambian los titulares, pero demasiadas veces vuelven a aparecer los mismos títulos, los mismos sellos y los mismos nombres.
No porque sean malos libros. Muchos son excelentes.
El problema aparece cuando una selección que pretende representar una realidad amplia termina reduciéndola a una pequeña porción del ecosistema editorial.
Hay centenares de editoriales independientes publicando libros extraordinarios que difícilmente llegan a determinadas mesas de prescripción.
Si quienes recomiendan miran siempre hacia los mismos lugares, terminamos confundiendo lo más visible con lo más representativo.
Y no es lo mismo.
Una selección puede estar formada únicamente por buenos libros y seguir siendo, sin embargo, poco diversa.
Los escaparates también construyen el canon
La bibliodiversidad se decide también en una librería. En una mesa de novedades. En un escaparate. En qué libros se colocan de frente y cuáles permanecen de canto. En qué editoriales tienen presencia continuada y cuáles aparecen de manera excepcional.
Las librerías trabajan dentro de unas condiciones comerciales muy complejas y sería injusto responsabilizarlas de todo un sistema. Pero también es cierto que la selección librera constituye una forma de mediación cultural.
Un escaparate nunca es únicamente un escaparate.
Es también una declaración sobre qué libros merece la pena mirar.
Por eso resulta importante preguntarse cuánto espacio real existe en ellos para editoriales pequeñas, proyectos alejados de los grandes grupos, libros publicados en lenguas minoritarias o propuestas visuales que se apartan de las tendencias dominantes.
También elegimos siempre a los mismos profesionales
Algo parecido sucede cuando el libro infantil y juvenil se convierte en objeto de congresos, jornadas, exposiciones, mesas redondas o encuentros profesionales de ámbito estatal.
Los nombres empiezan a repetirse.
Autores, ilustradores, especialistas, editoriales, mediadores.
Otra vez: no porque no lo merezcan.
El problema es que un sector cultural vivo debería tener capacidad para descubrir constantemente nuevas voces y ampliar su propio campo de visión.
Si hablamos de descentralización pero las personas invitadas proceden una y otra vez de los mismos circuitos; si hablamos de pluralidad pero determinadas escenas editoriales apenas están representadas; si hablamos de territorio pero seguimos mirando siempre hacia el mismo centro, quizá la descentralización esté ocurriendo más en los programas que en las prácticas.
Las bibliotecas y el libro que todavía no conocemos
Las bibliotecas son probablemente uno de los instrumentos más importantes para garantizar la bibliodiversidad.
Precisamente por eso conviene preguntarse hasta qué punto sus incorporaciones consiguen escapar de las mismas dinámicas de visibilidad que dominan el mercado.
Los títulos más conocidos cuentan, lógicamente, con una ventaja de partida: están presentes en medios, redes, distribuidoras, listas de ventas, escaparates y canales de recomendación.
Pero una biblioteca pública debería ser también uno de los lugares en los que un lector pudiera encontrar aquello que el mercado no le ha enseñado previamente.
No solo confirmar lo que ya conoce.
También descubrir.
Si las bibliotecas se limitan a reproducir la jerarquía de visibilidad creada fuera de ellas, se debilita una de sus funciones culturales más importantes: ampliar el campo de lectura de la comunidad a la que sirven.
Bibliodiversidad también significa diversidad visual
Hay otra uniformidad menos evidente.
La estética.
En determinados momentos, la ilustración infantil parece quedar atrapada en tendencias que se reproducen con rapidez: gamas cromáticas similares, personajes parecidos, determinadas anatomías, determinados rostros, determinados recursos narrativos.
Las tendencias son naturales. Siempre han existido.
El problema comienza cuando la tendencia se convierte en norma y la norma acaba condicionando lo que se publica.
Entonces ocurre algo paradójico: podemos tener miles de libros ilustrados nuevos y, sin embargo, encontrarnos ante un paisaje visual sorprendentemente homogéneo.
La bibliodiversidad exige también diversidad de miradas, técnicas, tradiciones gráficas, soluciones narrativas y maneras de representar el mundo.
Y exige cierta resistencia al estereotipo.
Porque cuando todos dibujamos la infancia del mismo modo, quizá no estemos representando mejor a los niños: quizá simplemente estemos repitiendo una convención.
Los mecanismos invisibles de la visibilidad
Existe además una parte del ecosistema que el lector apenas ve.
Distribución.
Bases de datos.
Metadatos.
Algoritmos.
Plataformas de venta.
Gabinetes de prensa.
Redes sociales.
Canales de recomendación.
Todo ello interviene en una cuestión decisiva: qué libros llegan a ser descubiertos.
Un libro puede existir y ser extraordinario, pero si no entra en determinados circuitos puede resultar prácticamente invisible fuera de su entorno inmediato.
Por eso la bibliodiversidad no puede medirse únicamente contando cuántos títulos se publican.
Hay que preguntarse también cuántos tienen posibilidades reales de circular, ser encontrados y llegar a sus lectores.
¿Y para qué hablamos entonces de territorio?
Quizá esta sea la pregunta.
¿Para qué está tan de moda hablar de territorio si después el territorio se queda en los papeles?
Si queremos realmente un ecosistema cultural diverso, tendremos que aceptar que la diversidad implica algo más incómodo que declararla.
Implica ceder espacio.
Mirar más lejos.
Buscar donde normalmente no buscamos.
Incorporar editoriales que no conocemos.
Leer libros que no llegan acompañados de grandes campañas.
Invitar a profesionales que todavía no forman parte del circuito habitual.
Comprar para las bibliotecas también aquello que no encabeza las listas de ventas.
Abrir los escaparates.
Ampliar nuestros catálogos mentales.
Y entender que publicar desde Asturias, desde Galicia, desde Extremadura, desde Canarias o desde cualquier otro lugar no convierte automáticamente un proyecto editorial en algo local.
Del mismo modo que publicar en asturiano, gallego, euskera o catalán no reduce necesariamente el alcance cultural de una obra.
La diversidad cultural no consiste en que un centro reserve ocasionalmente espacio para aquello que considera periférico.
Consiste en asumir que el mapa cultural tiene muchos centros.
Quizá la verdadera bibliodiversidad empiece precisamente cuando dejamos de preguntarnos de dónde viene un libro para decidir hasta dónde puede llegar.

Ester Sánchez / Desde la trastienda del libro
Editora, ilustradora y fundadora de Pintar-Pintar Editorial



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