Hay preguntas que aparecen casi sin avisar, mientras una mira libros, cubiertas, catálogos, novedades, redes sociales o mesas de librería. Preguntas pequeñas, pero insistentes. Una de ellas podría formularse así: ¿se tiende hoy a una ilustración infantil cada vez más figurativa, contenida, limpia, fácilmente reconocible? ¿Ha perdido espacio una ilustración más pictórica, más artística, más atmosférica, más arriesgada?
No creo que sea solo una impresión personal.
Vivimos un momento en el que muchas imágenes parecen pensadas para funcionar deprisa. Deben entenderse rápido, verse bien en una pantalla pequeña, reconocerse en una miniatura, circular con facilidad por redes sociales, adaptarse a una lógica de escaparate digital. La imagen tiene que comunicar al instante. Tiene que decir pronto qué es, de qué va, a quién se dirige, qué emoción propone.
No toda imagen eficaz en redes tiene profundidad de libro; y no toda imagen concebida para el papel sabe defenderse en una pantalla.
Y, sin embargo, la ilustración no siempre debería tener prisa.
En los libros infantiles, la imagen puede ser muchas cosas. Puede narrar, acompañar, explicar, emocionar, ordenar la lectura. Pero también puede sugerir, contradecir, abrir un silencio, crear una atmósfera, dejar una pregunta suspendida. Puede no entregarse del todo en el primer vistazo. Puede pedir que niñas, niños y personas adultas vuelvan a mirar.
La ilustración más pictórica tiene algo de eso. No siempre es cómoda. No siempre es inmediatamente clasificable. A veces trabaja con la mancha, con la textura, con el color, con la composición, con lo simbólico. A veces no “representa” simplemente una escena, sino que construye una experiencia visual. No se limita a decorar un texto: lo amplía, lo desplaza, lo vuelve más hondo.
Quizá por eso resulta más difícil de defender en un tiempo que valora tanto lo claro, lo eficaz y lo administrable.
Una imagen muy figurativa y contenida puede ser bellísima, por supuesto. No se trata de oponer una forma de ilustrar a otra, ni de establecer jerarquías fáciles. Hay ilustraciones limpias y aparentemente sencillas que contienen una enorme inteligencia visual. Pero sí conviene preguntarse qué ocurre cuando el mercado, los algoritmos y cierta idea de “lo infantil” empujan siempre hacia lo reconocible, lo amable, lo que no exige demasiado.
Porque la infancia no necesita solo imágenes fáciles. Necesita también imágenes complejas, poéticas, raras, abiertas, delicadas, intensas. Imágenes que no lo den todo hecho. Imágenes donde perderse un poco. Imágenes que inviten a mirar de otra manera.
A veces se olvida que mirar también se aprende. Y que los libros ilustrados son uno de los primeros lugares donde niñas y niños aprenden a leer imágenes. No solo a identificar objetos, personajes o acciones, sino a percibir matices: una sombra, un gesto, una ausencia, una relación entre colores, una tensión entre lo que dice el texto y lo que muestra la ilustración.
Cuando empobrecemos visualmente los libros, aunque sea de forma amable, también empobrecemos esa educación de la mirada.
Desde una editorial pequeña, defender una ilustración más artística no siempre es sencillo. Supone asumir riesgos. Supone confiar en propuestas que quizá no funcionan de forma inmediata en una pantalla. Supone aceptar que algunos libros necesitan tiempo, mediación, conversación. Supone publicar pensando no solo en lo que se vende rápido, sino también en lo que puede permanecer.
Pero esa es, precisamente, una de las razones por las que merece la pena seguir haciendo libros.
Porque un álbum ilustrado no debería ser solo un producto bonito. Puede ser una pequeña galería de arte entre las manos. En nuestro propio catálogo hay libros que nos lo recuerdan: Vientos verdes. Genias de la poesía, Besos, Caracol, Arroz, agua y maíz, El poema que cayó a la mar… Libros donde la palabra y la imagen se encuentran sin obedecerse del todo.
La ilustración pictórica, poética o más libre no está fuera de lugar en los libros para niñas y niños. Al contrario: quizá es ahí donde más sentido tiene. Porque la infancia mira con una disponibilidad que a menudo las personas adultas hemos perdido. Mira sin necesidad de clasificarlo todo. Acepta lo extraño, lo simbólico, lo desproporcionado, lo misterioso. Entra en la imagen antes de pedir explicaciones.
Tal vez el problema no sea que niñas y niños necesiten imágenes más simples. Tal vez somos las personas adultas quienes, por comodidad, por prisa o por miedo, tendemos a simplificar demasiado lo que les ofrecemos.
En tiempos de imágenes rápidas, quizá mirar despacio sea una forma de resistencia. Y seguir defendiendo una ilustración artística, pictórica, abierta y poética en los libros infantiles no es una nostalgia: es una apuesta por la sensibilidad, por la inteligencia visual y por el derecho de niñas y niños a encontrarse con imágenes que no se agotan en el primer vistazo.
Quizá también se trate de eso: de visitar más museos, abrir más libros y aprender, desde la infancia, que mirar es mucho más que reconocer.
Ester Sánchez / Desde la trastienda del libro
Editora, ilustradora y fundadora de Pintar-Pintar Editorial




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