Hace apenas unos días publicábamos en este blog una reflexión titulada «No nos enviéis ilustraciones hechas con inteligencia artificial». Hablábamos de la proliferación de imágenes generadas con estas herramientas, de los estereotipos visuales que reproducen y de la especial responsabilidad que tienen las bibliotecas, los museos y otras instituciones culturales a la hora de utilizar la inteligencia artificial en su comunicación.
Dos días después nos encontramos con algo que parecía venir a ilustrar aquella reflexión.
Una biblioteca ha incluido nuestro libro El Menú de la Paz. El Desarme de Oviedo contado en la escuela entre sus novedades infantiles. Algo que, por supuesto, agradecemos mucho. Pero con una sorpresa: la cubierta que apare en el cartel no es la cubierta real del libro.
Este ejemplo nos permite reflexionar sobre algo que nos preocupa especialmente: la facilidad con la que podemos llegar a sustituir una creación artística por una imagen aparentemente equivalente, sin detenernos a pensar en todo lo que estamos cambiando.
Dos imágenes que no cuentan lo mismo
Os proponemos observar las dos cubiertas. A primera vista tienen elementos comunes: el título, los colores vivos, los personajes, los alimentos… Parecen representar lo mismo. Pero ¿lo hacen realmente?

En la cubierta original, ilustrada por Enzo Platero, encontramos una escena construida alrededor de la mesa. Los personajes, diferentes entre sí, se reúnen, conversan y comparten. Esa diversidad no es casual: El Menú de la Paz habla de memoria, tradiciones y convivencia, de cómo una ciudad ha terminado convirtiendo una antigua conmemoración vinculada a la guerra en una celebración alrededor de una mesa compartida. El lenguaje gráfico de Enzo también forma parte de esa narración. Sus pinceladas, las texturas, las formas irregulares, las perspectivas libres y los pequeños gestos de los personajes construyen un universo propio, lleno de sensibilidad y humanidad. La ilustración no se limita a representar una escena: también nos propone una manera de mirarla e interpretarla.
En la imagen recreada, en cambio, la escena colectiva de la parte superior se sustituye por una mesa con alimentos. Los personajes cambian y se homogeneizan: sus rasgos, expresiones y gestos responden a modelos más convencionales y estereotipados. Desaparece buena parte de la diversidad representada, de la personalidad artística y de la sensibilidad del dibujo original. Incluso nuestro logotipo editorial queda sustituido por una representación deformada que ya no corresponde a nuestra identidad gráfica. ¿Qué respeto estamos mostrando entonces por el trabajo de quienes escriben, ilustran, diseñan y editan un libro?
Ahí está precisamente la pérdida de humanidad que nos preocupa: personajes diferentes, con sus propios rasgos, gestos y particularidades, terminan convertidos en figuras genéricas e intercambiables. Al desaparecer esas diferencias, se pierde también parte de lo que la ilustración original quería transmitir: la diversidad, el encuentro y la convivencia. Pero las consecuencias van más allá. No hablamos únicamente de estética o de respeto a la autoría, sino también de educación, diversidad cultural y de nuestra capacidad para apreciar lo diferente.
¿Y si hacemos una fotografía de los libros?
A veces olvidamos que las soluciones más sencillas pueden ser también las más eficaces. Si, como en este caso, una biblioteca quiere anunciar la incorporación de nuevos títulos a su sección infantil, bastaría con colocar los libros recién llegados sobre una mesa o una estantería y hacerles una fotografía.
Los libros reales, juntos, tal como son: con sus diferentes tamaños, colores, cubiertas y particularidades. Probablemente se tarde menos que preparando una composición elaborada y, además, el resultado puede ser mucho más cercano, auténtico y humano. Una fotografía tomada en la propia biblioteca muestra exactamente lo que queremos comunicar: esos ejemplares ya están allí, esperando a sus lectores.
Si se prefiere preparar un cartel, las editoriales facilitamos habitualmente las imágenes originales de nuestras cubiertas en nuestras páginas web, catálogos y materiales promocionales. Y, si no se encuentran, basta con solicitarlas.
Las instituciones culturales también educan la mirada
Conocemos bien el trabajo de las bibliotecas y sabemos que sus profesionales asumen numerosas tareas, muchas veces con poco tiempo y recursos limitados. Pero precisamente por su importante labor cultural y educativa, creemos que debemos prestar especial atención a estas cuestiones. Las bibliotecas no solo facilitan el acceso a los libros. Recomiendan, seleccionan, crean referentes, despiertan la curiosidad y contribuyen a formar lectores. Pero también educan la mirada.
Las imágenes que utilizan en sus comunicaciones forman parte de los referentes visuales que ofrecen a la ciudadanía. Por eso creemos que las bibliotecas, los museos, los centros educativos y las administraciones públicas deberían ser especialmente cuidadosos tanto con las imágenes que difunden como con el respeto al trabajo de quienes las crean.
No se trata de exigir grandes inversiones ni diseños extraordinarios. Se trata de utilizar los recursos disponibles con criterio y de respetar la identidad de las obras. Y esto no afecta únicamente a las cubiertas. También a las ilustraciones interiores, los textos, los créditos y las decisiones de diseño y edición que dan forma a cada publicación.
Detrás de cada libro hay escritoras y escritores, ilustradoras e ilustradores, profesionales del diseño y de la edición. La tecnología puede ayudarnos a trabajar mejor, pero no debería hacernos olvidar el valor de ese trabajo colectivo.
La manera en que mostramos y difundimos las obras también transmite qué valor concedemos a la cultura y a quienes la hacen posible.
Ester Sánchez / Desde la trastienda del libro
Editora, ilustradora y fundadora de Pintar-Pintar Editorial



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