No nos enviéis ilustraciones hechas con inteligencia artificial

Published by

on

La diferencia entre generar imágenes y tener una mirada.

Cada vez recibimos más propuestas editoriales acompañadas de ilustraciones generadas mediante inteligencia artificial. A veces son imágenes sueltas; otras, proyectos completos en los que todas las páginas están ilustradas mediante estas herramientas.

Por eso queremos dejar clara una cuestión: en Pintar-Pintar no publicamos libros ilustrados con imágenes generadas mediante inteligencia artificial.

Y no se trata únicamente de defender el trabajo y los derechos de quienes se dedican profesionalmente a la ilustración, aunque esa ya sería una razón de peso.

Hay algo más que nos preocupa. Algo que tiene que ver con las imágenes que consumimos, con nuestra educación visual y con la manera en que estamos acostumbrándonos a mirar el mundo.

La estética de lo previsible

Resulta sorprendente la facilidad con la que hoy podemos obtener imágenes aparentemente impecables. Personajes entrañables, paisajes maravillosos, escenas llenas de detalles, colores armoniosos, luces cálidas…

Todo parece estar en su sitio. Y, sin embargo, muchas veces tenemos la sensación de haber visto ya esas imágenes. Los mismos ojos enormes, las mismas expresiones dulcificadas, los mismos ambientes acogedores, las mismas emociones cuidadosamente representadas. Una estética reconocible, complaciente, calculada para gustar.

La repetición de fórmulas y estereotipos visuales existía mucho antes de la inteligencia artificial, pero estas herramientas permiten multiplicarlos a una velocidad extraordinaria. Y con ello se acentúa algo que ya nos preocupaba: la tendencia a confundir lo vistoso con lo bello, la perfección técnica con el valor artístico.

Porque una imagen puede estar llena de detalles, efectos y recursos visuales y, sin embargo, carecer de personalidad, de intención y de capacidad para emocionarnos o hacernos pensar. Una imagen repleta de elementos, pero vacía de sentido.

La belleza no consiste en responder a un conjunto de fórmulas estéticas reconocibles. Tampoco en conseguir imágenes impecables, armoniosas o complacientes. La belleza, al menos como nosotros la entendemos, nace de una mirada personal, del mundo interior de quien crea. De su sensibilidad, sus experiencias y su manera particular de sentir e interpretar el mundo. De esa voz propia que encuentra en la imagen una forma de expresarse.

La educación visual también importa

Hablamos mucho de la importancia de enseñar a leer. De comprender los textos, interpretarlos, formular preguntas y desarrollar un pensamiento crítico. Pero ¿qué ocurre con las imágenes?

También aprendemos a mirar. Y nuestra mirada se educa, en buena medida, a partir de lo que vemos. Si nos acostumbramos a consumir imágenes que repiten constantemente los mismos modelos de belleza, las mismas expresiones emocionales y las mismas soluciones estéticas, acabamos por considerar naturales esos modelos. Lo diferente puede empezar a parecernos extraño, feo, incorrecto o sencillamente menos valioso.

Y esto tiene consecuencias que van mucho más allá de nuestras preferencias estéticas.

Las imágenes también transmiten ideas sobre cómo deben ser las personas, qué cuerpos se presentan como bellos, qué comportamientos resultan aceptables, qué papeles se asignan a hombres y mujeres, cómo representamos la infancia, la vejez, la diversidad o las relaciones humanas.

Nos muestran qué merece ocupar el centro de una escena y qué queda relegado a sus márgenes. Qué emociones se consideran deseables. Qué formas de vida aparecen representadas y cuáles permanecen invisibles. En definitiva, también participan en la construcción de nuestra manera de entender la realidad.

Por eso la alfabetización visual no consiste solamente en aprender a distinguir una buena composición o una combinación acertada de colores. Consiste también en desarrollar la capacidad de interpretar, cuestionar y comprender lo que las imágenes comunican, incluso cuando aparentemente solo pretenden resultar agradables.

Y aquí aparece otra cuestión que nos preocupa especialmente: ¿estamos perdiendo capacidad para apreciar imágenes diferentes porque nos acostumbramos a que todas intenten gustarnos?

La sensibilidad artística necesita diversidad. Necesita encontrarse con propuestas inesperadas, lenguajes desconocidos, soluciones que no siempre comprendemos a primera vista.

Un ejemplo muy cercano es nuestro libro Vientos verdes. Genias de la poesía, en el que 38 ilustradoras interpretan otros tantos poemas desde lenguajes gráficos muy distintos. En sus páginas conviven sensibilidades, técnicas, estilos y maneras de entender la imagen que no tienen por qué parecerse entre sí.

Y precisamente esa diversidad es una de sus mayores riquezas. No todas las ilustraciones tienen por qué gustarnos de la misma manera. Algunas nos resultarán más próximas; otras, más extrañas. Pero todas nos ofrecen la posibilidad de descubrir formas diferentes de mirar.

Deberíamos propiciar esos encuentros desde la infancia. Llevar a los niños y las niñas a los museos de bellas artes de nuestras ciudades, detenernos ante las obras, conversar sobre lo que vemos, preguntarnos qué sentimos, qué nos desconcierta, qué nos atrae o nos produce rechazo.

No hace falta comprenderlo todo. Ni tiene que gustarnos todo. Se trata de aprender a mirar, de ampliar nuestros referentes y de descubrir que existen tantas formas de expresión como maneras de interpretar el mundo.

Porque si todo responde a los mismos códigos, si todo busca una apariencia atractiva, inmediata y reconocible, terminamos empobreciendo nuestro imaginario. Y esa pérdida no es solamente artística. También afecta a nuestra capacidad para aceptar otras formas de representar, interpretar y comprender la realidad.

¿No tenéis la sensación de que cada vez cuesta más encontrar en las redes sociales imágenes con una personalidad artística propia? ¿Es que han dejado de existir? Por supuesto que no. Siguen ahí, pero los algoritmos de recomendación pueden acabar mostrándonos una y otra vez aquello que ya conocemos, aquello que ya ha gustado, aquello que ya ha funcionado, aquello que más «grita».

Y así, paradójicamente, en un mundo donde nunca habíamos tenido tantas imágenes a nuestro alcance, lo diferente puede resultar cada vez más difícil de encontrar.

Los carteles también educan

Esta proliferación de imágenes generadas mediante inteligencia artificial no se limita a los libros. Basta con recorrer las redes sociales para encontrarnos con una cantidad creciente de carteles de actividades culturales, talleres infantiles, campañas de lectura y acontecimientos públicos realizados con estas herramientas. Y resulta especialmente preocupante encontrarlos en las comunicaciones de entidades públicas.

Comprendemos que estas herramientas permiten resolver rápidamente determinadas necesidades de comunicación. Pero las instituciones culturales y educativas deberían reflexionar sobre las consecuencias de utilizarlas de manera habitual.

No hablamos únicamente del perjuicio que puede suponer para diseñadores e ilustradores profesionales, aunque tampoco debería ignorarse. Hablamos de responsabilidad cultural.

Una biblioteca que fomenta la lectura, un museo que promueve la educación artística o un ayuntamiento que organiza talleres de creatividad también transmiten valores, generan referentes y contribuyen a formar la sensibilidad de la ciudadanía.

¿Qué sentido tiene promover la creatividad, el pensamiento crítico y la diversidad cultural si después recurrimos sistemáticamente a imágenes que reproducen los mismos estereotipos?

No estamos diciendo que cada cartel necesite una ilustración original encargada a un profesional. Existen muchas formas de comunicar visualmente sin recurrir a imágenes generadas automáticamente. Lo que cuestionamos es adoptar estas herramientas sin reflexionar sobre lo que estamos difundiendo.

Las administraciones públicas tienen una responsabilidad especial en la defensa de la cultura y de quienes la crean. Pero también en la calidad y diversidad de los referentes visuales que ponen en circulación. Porque no basta con programar actividades culturales. También importa cómo las comunicamos. Y nos preocupa que, a fuerza de consumir imágenes cada vez más pulidas y parecidas, acabemos educando miradas cada vez más cuadriculadas.

Una decisión editorial

En Pintar-Pintar queremos seguir trabajando con ilustradoras e ilustradores, escuchar sus propuestas, sorprendernos con sus interpretaciones y descubrir caminos que no habíamos imaginado. Queremos libros con personalidad, con diversidad gráfica, con imágenes capaces de ampliar lo que cuentan las palabras.

Tampoco incorporamos a nuestro catálogo libros que nos llegan ya ilustrados y maquetados. Creemos en el papel activo y creativo de las editoriales, en el diálogo con quienes escriben e ilustran y en las decisiones compartidas que van dando forma a cada obra.

No rechazamos las herramientas digitales ni creemos que toda creación deba realizarse mediante procedimientos tradicionales. La cuestión no es enfrentar lo manual con lo digital. Es defender la creación artística, la diversidad de miradas y el valor de las decisiones que hay detrás de una imagen.

No necesitamos más imágenes concebidas únicamente para llamar la atención. Necesitamos imágenes que nos enseñen a mirar de otra manera.


Ester Sánchez / Desde la trastienda del libro
Editora, ilustradora y fundadora de Pintar-Pintar Editorial

Deja un comentario

Descubre más desde Pintar-Pintar Editorial | Blog

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo