NOVEDAD: «Matilde la tilde» de Tom Fernández y Alberto Sastre

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Cuando las palabras olvidan sus tildes, el mundo se pone patas arriba.
Tom Fernández y Alberto Sastre construyen una historia llena de humor
donde una tilde intenta evitar que las palabras pierdan su significado.


Presentación y guía de lectura

Hay libros que enseñan y hay libros que, además, recuerdan por qué merece la pena aprender. Matilde la tilde pertenece a esa rara segunda categoría. Tom Fernández imagina a un signo ortográfico como si fuera una heroína mínima y obstinada; Alberto Sastre le da cuerpo, gesto y una expresividad capaz de sostener por sí sola una peripecia completa. El resultado es un álbum ilustrado que no sermonea: prefiere contar una historia divertida y muy reconocible sobre un mundo que empieza a desordenarse cuando las palabras empiezan a perder su sentido.

Matilde, una tilde feliz que salta de palabra en palabra y se posa sobre la vocal adecuada, descubre que los niños han empezado a prescindir de las tildes. El síntoma parece pequeño, casi anecdótico, pero enseguida revela su verdadero alcance: el salmón ya no quiere ser salmón, el acordeón pierde su música, el azúcar abandona su función y hasta un orangután puede acabar pilotando un avión. En la lógica juguetona del libro, la ortografía no es una colección de prohibiciones, sino el tejido que permite que las cosas sigan teniendo sentido.

Como nos cuenta Tom Fernández, la idea surgió al advertir que él mismo empezaba a saltarse normas básicas cuando escribía en el móvil. A partir de ahí imaginó a los signos ortográficos mirándonos con estupor, preguntándose «¿qué estáis haciendo, insensatos?», y fue entonces cuando apareció Matilde con una certeza clara: «Los niños me necesitan».

Ortografía, humor y una épica en miniatura

Tom Fernández, con amplia experiencia como guionista audiovisual, construye el libro con una claridad narrativa muy eficaz. No cuesta reconocer en Matilde la tilde la arquitectura del viaje clásico: una protagonista dotada de entusiasmo, un conflicto que desbarata su rutina, una serie de encuentros que la obligan a dudar y una prueba final que devuelve el orden al mundo. Esa estructura, lejos de volver rígido el cuento, le concede ritmo y una progresión muy natural para la lectura en voz alta. No en vano, el autor ha descrito la historia como «el clásico viaje del héroe»: una intrépida tilde a la que llena «la mochila de fortalezas y flaquezas» antes de enviarla a un viaje que no le apetece demasiado.

El libro trabaja, además, con un humor que no renuncia a la inteligencia. Hay algo deliciosamente absurdo en ese salmón músico, en esos terrones de azúcar tumbados al sol o en ese brócoli que desea renunciar a su propia identidad para ser aceptado. Pero esa comicidad encierra siempre una pregunta de fondo: qué ocurre cuando confundimos la libertad con la indiferencia o cuando las normas dejan de entenderse como un pacto compartido para verse solo como una molestia.

En ese equilibrio entre lo lúdico y lo reflexivo reside buena parte de su interés. Matilde la tilde no se limita a defender la corrección formal; propone, con una ligereza nada ingenua, una idea del lenguaje como algo que merece atención y cuidado. Las palabras, parece decir el libro, necesitan atención porque de ellas depende nuestra capacidad de entendernos. Y, como sugiere Tom Fernández, si niñas y niños le ponen cara y nombre a esa tilde que nunca tienen claro dónde colocar, quizá dejen de verla como una «farragosa norma ortográfica» para empezar a verla como una amiga.

El dibujo como sistema de respiración del texto

Uno de los grandes aciertos de Matilde la tilde reside en su planteamiento visual. El ilustrador prescinde de cualquier exuberancia superflua y trabaja con una paleta contenida, prácticamente reducida al negro, la gama de grises y un rojo coral que convierte a Matilde en centro visual de cada página. Esa economía cromática no empobrece: afina. Permite que el ojo siga el movimiento del personaje y que el diálogo entre palabra e imagen se convierta en parte del argumento.

Alberto Sastre entendió desde el principio que lo importante era no ver la tilde como un signo, sino como un gesto. «Ya no es una raya rígida: es movimiento», nos cuenta, y esa intuición resulta decisiva en el libro: Matilde se arruga si está triste, se estira si está feliz y, cuando se enfada, se afila. Así, el personaje no funciona como un mero recurso gráfico, sino como una presencia viva, flexible y expresiva. No extraña que el ilustrador la haya definido también como una «superheroína lingüística» con una misión muy precisa: poner orden sin perder la alegría.

Sastre integra la tipografía en la dramaturgia visual del álbum. Las palabras no están impresas simplemente para ser leídas: aparecen deformadas por la ausencia o la presencia de la tilde, convertidas en escenario y en prueba del desajuste. La referencia a cierta gráfica animada de los años cincuenta y sesenta, junto con algunos ecos del diseño moderno, se traduce en páginas de composición limpia, fondos muy depurados y una energía visual que evita tanto el didactismo escolar como el adorno gratuito. Como señala el propio ilustrador, «en Matilde, los escenarios y el texto no compiten; dialogan y funcionan juntos».

Una fábula contemporánea sobre el lenguaje

Aunque su tono sea festivo, el libro remite con claridad a un paisaje muy contemporáneo: la escritura acelerada, la prisa digital y la erosión de ciertas convenciones en los mensajes cotidianos. Tom Fernández no plantea una mirada nostálgica ni una defensa rígida del idioma. Más bien sugiere que toda forma de juego necesita reglas para seguir siendo juego, del mismo modo que toda conversación necesita ciertos acuerdos para no convertirse en ruido.

Ese vínculo con el presente hace que Matilde la tilde tenga un interés especial. El álbum ofrece una herramienta pedagógica evidente, pero su mérito va más allá: consigue que algo tan pequeño como un acento gráfico adquiera un valor simbólico inesperado. La tilde deja de ser un trámite para convertirse en una señal de precisión, atención y cuidado del lenguaje. Y, como resume el autor, «los atajos de contestar un mensaje hoy» pueden convertirse mañana en una dificultad mayor: la de no saber expresar los propios sentimientos.

Una protagonista diminuta, una lectura con alcance

Alberto Sastre nos dice que Matilde ya existía antes de que él la dibujara, como si hubiera estado siempre esperándonos en los cuadernos escolares. Eso explica la inmediata familiaridad del personaje. Matilde es, a la vez, un signo mínimo y una figura enorme: pequeña en forma, grande en significado. Su aventura invita a leer, a reír y también a conversar con niñas y niños sobre por qué las palabras importan.

En un panorama saturado de mensajes instantáneos, Matilde la tilde plantea algo poco común: abordar el idioma sin rigidez, hacer pedagogía sin resultar escolar y convertir una norma ortográfica en un personaje vivo. Como las mejores fábulas contemporáneas, el libro parece hablar de una tilde, pero en realidad habla de nosotros.

La limitación cromática responde también a esa voluntad de claridad expresiva. Alberto Sastre no quería que la protagonista se diluyera entre elementos superfluos; la reducción de la paleta era, en sus palabras, una forma de «hacerla respirar».

Los autores

Tom Fernández (Oviedo, 1971) es guionista, escritor y director de cine. Inició su trayectoria profesional como guionista en televisión en la serie Siete vidas (1999) y, desde entonces, ha desarrollado una amplia carrera audiovisual, escribiendo para distintas producciones y compaginando su trabajo con proyectos personales muy ligados a Asturias y al mundo rural. Como director ha firmado largometrajes como La torre de Suso (2007) y ¿Para qué sirve un oso? (2011), además de cortometrajes y documentales. Paralelamente, ha publicado literatura infantil y juvenil, entre ella dos títulos en Anaya dentro de la colección “Dragón Díaz y el club de 2+2=5”: La diferencia entre un fantasma y un espectro (2010) y El caso del niño que no quería ser niño (2011). En la actualidad continúa trabajando como guionista en diversos proyectos de cine y televisión.

Alberto Sastre (Madrid, 1972) es ilustrador. Se formó en la Escuela de Artes y Oficios Artísticos de Madrid, en la especialidad de Ilustración, donde empezó a desarrollar su imaginario visual y su dominio de técnicas tradicionales (acrílicos, témperas y aerógrafo). Posteriormente incorporó la ilustración digital, manteniendo como seña de identidad una estética cercana al lápiz y a los pinceles tradicionales, con especial atención a la textura y al trazo. A lo largo de su trayectoria ha ilustrado alrededor de 30 libros infantiles y juveniles. Además, ha colaborado con agencias, productoras, editoriales, estudios de animación y de diseño, aportando soluciones visuales para proyectos narrativos y de comunicación: desde la creación de personajes y escenarios hasta la conceptualización de ideas y la construcción de atmósferas al servicio de la historia.

Resumen

Matilde es una tilde feliz. Vive saltando de palabra en palabra, colocándose con precisión sobre la vocal adecuada. Con ella, el salmón sabe a salmón, el acordeón suena como debe y el azúcar endulza de verdad. Pero un día algo cambia. Las niñas y los niños han decidido dejar de usar las tildes. Las palabras empiezan a hacer lo que quieren y el mundo, poco a poco, se desordena: un orangután pilota un avión, los semáforos se vuelven locos y nadie entiende ya lo que está pasando. ¿De verdad son tan importantes las normas? ¿Puede una pequeña tilde devolver el sentido a todas las palabras? Una historia divertida y luminosa sobre el lenguaje y la identidad, que nos recuerda que hasta la tilde más pequeña puede cambiarlo todo.

Matilde la tilde

Un álbum para…

  • Niñas y niños a partir de 6 años que están descubriendo el mundo de las palabras y disfrutan de las historias con humor, ritmo y personajes inesperados.
  • Docentes que buscan un recurso creativo para trabajar la acentuación, las palabras agudas, llanas y esdrújulas, y reflexionar sobre por qué las normas del lenguaje nos ayudan a entendernos.
  • Familias lectoras que valoran los libros que combinan juego lingüístico, imaginación y conversaciones sobre identidad, errores y aprendizaje.

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Pintar-Pintar Editorial

Fundada en Asturias en 2005, Pintar-Pintar Editorial es un sello especializado en literatura infantil y juvenil ilustrada que entiende el libro como un espacio de encuentro entre palabra, imagen y pensamiento.

Su catálogo combina álbum ilustrado, poesía, narrativa y libros de conocimiento, con una cuidada dirección de arte y una clara vocación educativa. Cada proyecto se concibe no solo como lectura, sino como experiencia: libros que invitan a mirar, imaginar y detenerse.

La editorial mantiene una estrecha relación con el ámbito educativo y cultural, desarrollando talleres, encuentros y materiales didácticos que acompañan a sus publicaciones. A través de cuadernos creativos, guías de lectura y contenidos digitales, Pintar-Pintar amplía el recorrido de cada libro dentro y fuera del aula.

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