Durante mucho tiempo, en parte del ámbito escolar y también en ciertos discursos del sector editorial, la expresión plástica quedó relegada a un lugar secundario: una “manualidad” para entretener a niñas y niños después del cuento, un descanso entre actividades “serias”.
Ese enfoque es pobre por una razón sencilla: confunde leer con descifrar letras. Y un libro —especialmente el álbum ilustrado— se sostiene en más de un lenguaje.
La escena es conocida: lectura en voz alta, preguntas de comprensión… y, como cierre, un dibujo “sobre lo que has entendido”. La imagen aparece entonces como premio o distracción, no como parte del pensamiento. En esa jerarquía, la palabra se lleva el prestigio y la plástica queda como ocio. El resultado: se valora más la ficha que la mirada, más la respuesta correcta que la interpretación.
Pero en un álbum ilustrado la imagen no adorna. Narra, insinúa, contrapesa, amplía y a veces contradice. Cuando tratamos la expresión plástica como algo menor, empobrecemos la lectura.
En los talleres que parten del libro hacia la creación plástica (que no manualidades, te explicamos aquí las diferencias) sucede algo distinto: la niña o el niño deja de ser receptor pasivo y pasa a ser intérprete. No se trata de “hacer algo bonito”. Se trata de aprender decidiendo, probando, equivocándose, construyendo sentido.



Entonces la expresión plástica entra como una forma de alfabetización que sirve para:
Leer imágenes. Entrenar preguntas que rara vez aparecen en una ficha: ¿qué me cuenta el color que el texto no nombra?, ¿dónde está el silencio?, ¿qué cambia al pasar página?, ¿por qué aquí el personaje parece pequeño?, ¿qué hace la luz? En el desarrollo de la actividad, esas preguntas aparecen cuando se convierten en decisiones: elegir paleta, recortar, componer, ordenar una secuencia, construir una escena. Y eso es lectura: formular hipótesis y sostener una interpretación.


Entender el libro como objeto. Cuando se muestra cómo se construye un libro, la cercanía del proceso de edición con los niños y niñas, se despierta respeto y cuidado, y añade una capa fundamental: leer también es comprender el oficio y las decisiones que sostienen la publicación de una obra.


Apropiarse del relato. Crear un telar, un títere, una pala-personaje o pintar con pinceles una escena no es solo diversión: es anclaje. Cuando una niña o un niño fabrica “su” personaje o reconstruye un lugar del cuento, el relato deja de estar fuera y pasa a formar parte de su memoria. Y ahí suele aparecer algo decisivo: el deseo de volver al libro.




En 2026, con pantallas por todas partes, esto es todavía más urgente: no basta con leer palabras. Hay que aprender a leer ritmos, símbolos, montajes, mensajes visuales. La expresión plástica enseña precisamente eso: a mirar despacio y a sostener la atención.


Un ejemplo cercano: talleres para el fomento de la lectura en la Casa de Cultura de Gozón
Los sábados por la mañana, desde el pasado mes de noviembre y hasta hoy mismo 3 de enero, hemos desarrollado un precioso programa de animación lectora en la Casa de Cultura de Gozón. En estas actividades pusimos en práctica todo lo anteriormente comentado, con una particularidad extra: la continuidad.

Cuando las sesiones se sostienen en el tiempo, las niñas y los niños llegan con memoria: reconocen la dinámica, el tono, el espacio. Saben que habrá historia, tiempo compartido, creación… y un libro que se va con ellos. Esta continuidad también nos permite empezar cada sábado retomando el libro anterior: lo recordamos y comentamos antes de entrar en la nueva lectura.

El esquema es, en apariencia, sencillo: presentamos un libro (leemos en común un tramo breve, el arranque, nunca el cuento entero y lo comentamos) y, a continuación, realizamos una actividad plástica vinculada a esa lectura. Pero es más, al finalizar cada sesión, cada niña y cada niño se lleva a casa un ejemplar del libro presentado.

Las probabilidades de que ese libro se lea —o se pida que se lea— esa misma noche aumentan de forma natural. También es una forma de justicia cultural: para algunas niñas y niños, ese ejemplar puede ser uno de los pocos —o incluso el único— libros de calidad literaria que formen parte de su entorno cotidiano.
De esta forma, el libro que sale del taller actúa como un puente. Al llegar a casa, la niña o el niño suele mostrar lo que ha hecho, contar lo vivido, enseñar el libro recibido. De forma espontánea, la lectura entra en el ámbito familiar y se convierte en un acto compartido.
Lejos de la prisa del aula o del propio taller, el libro encuentra en casa el espacio adecuado para ser descubierto con calma. Cada niña y cada niño puede volver a él cuando quiera: releer, mirar las imágenes despacio, recordar lo que hablamos durante la actividad pero en su propio tiempo y en su propio lugar.






Desde Pintar-Pintar agradecemos a la Casa de Cultura de Gozón su apuesta por este tipo de propuestas y la confianza depositada en nuestro trabajo, entendiendo que leer no es solo aprender a descifrar palabras, sino crear vínculos, construir memoria y sembrar amor por los libros.
*Todas las imágenes incluidas en esta entrada fueron tomadas durante el desarrollo de los diferentes talleres en la Casa de Cultura de Gozón.
En Pintar-Pintar Editorial publicar libros y realizar talleres va unido. Talleres donde literatura y arte se encuentran: un tiempo para mirar despacio, imaginar, pensar de forma creativa y ganar confianza en las propias ideas. Porque un libro no termina en la última página: continúa cuando una niña o un niño lo hace suyo. Infórmate aquí sobre nuestro programa de talleres para el fomento de la lectura.



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